Love is her best dress.

She never find a night good enough to wear it.

viernes

y que no temieran

and ne forhtedon na

Me recuesto en el sillón del living. Dejo un vasito de vino tinto en la mesa para tipear a oscuras. Las uñas rojas, el teclado negro. La luz del Blackberry titila en un rincón. 


Me despego los borcegos, creo que hoy hizo frío y que tendrías que estar tirado en mi sofá. Es probable que sea la última vez que los vaya a usar en esta primavera intermitente, en que los destrocé a patadas por todas las calles, por todas las aulas. A los borcegos.

Hoy el cielo regalaba soles y gotas con un arbitrio a prueba de planificaciones. Hoy recorrí tres plazas con vos. Hoy mi pelo no hizo lo que yo quería. Hoy vi un capítulo injusto de la serie que recorro ávidamente. Hoy, no sé, me da un poco de calor el vino. 


Tiro el saquito por ahí. Me estiro. Me siento derecha. Tipeo un poco más. Las vacaciones me son esquivas, me evaden como los chicos de baja estatura y las amistades recomendables. No empiezo a descansar, y ya me aburro. Festejo, me quejo. Y así.

Recorría con tu mirada la mía para desempañar mi conciencia y arrastrar con una mano todas las nubes, todas las dudas. Paso el antivirus para curar la promiscuidad de mi computadora llena de archivos indignos por piratas por robados por prestados. Busco asustarme con los rincones oscuros de la habitación, que no tienen límites, que no tienen nada. 


Las fobias me odian, me rechazan. Nací sin miedos, sin excusas y con más de un dios que excomulgué hasta quedarme con vos.

Decidí elegir, inventar, otros miedos. A algunas palabras, a algunos vientos. Al mar. A los finales. A algunos relojes, algunos viejos, a los percheros con abrigos, mochilas y sombreros colgando. Semejando un señor jorobado, muy alto y erguido. 


Extraño algunas voces que no me pude olvidar. Alguien indeseable espera mi aprobación de amistad en Facebook. Una amiga me pide consejos. Respondí segura, leí una revista que yo podría escribir. Armé una lista inverosímil de compras para irme de retiro y de viaje hasta siempre jamás.

Hoy instalé entre los pulmones y el esternón programas nuevos, borré discos, tiré ropa que no uso más. Hoy me conmoví entre el viento gris y el cielo rosa, entre gotas, a distancia de la que fui y viéndome de repente no tan lejos de la Florencia que puedo ser. 


Hoy me esperé en una que no conozco. Una que no se muerde los labios, que no evita la mirada, que no necesita este sábado bailar reggaetón. Aquella que no soporté y de la que alguna vez me dolió ser sombra, su espectro enamorado del amor, sola y soleada, proyectada contra un fantasma cruel y torpe. 


Aquella que no soy y que no puedo ser pero que ya estoy siendo me espera al lado de un camino.  Otra me espera cuando quiera crecer. Otra. Insomne, latente, incesante. Viva y distribuida de los tobillos a las cejas en un amor instante, un amor percha, un amor plaza, amor pasaje. Amor amor.



Mis textos, últimamente, terminan de golpe. Como si recién empezaran. No era la idea que éste estuviera dedicado a los temores, ni a la muerte, ni a Jorge Luis.  Y si ese hubiera sido el objetivo, tampoco salió bien. Con todo, describo y desdibujo. Me la juego en una guerra que ya doy por perdida. Duermo mal, escribo bien, o viceversa. La frontera entre una y otra actividad es una zona cada vez más difusa. No temo. Me meto con vos. Y no te duro ni un round.
el acento con que amas
el verbo con que escribes

Cómo dejarme caer entre labios tibios si allá afuera un adolescente llora de frío.

Para qué el plan secreto de la aurora boreal encerrada en mis ojos si en algún lado alguien se pregunta cómo será la felicidad.

Por qué leer a Marx si nuestras historias de papel podrían derrumbarse ante el primer chaparrón.

Hasta dónde la poesía, desde cuándo el arte, con qué herramientas la belleza podría transformar mi mirada tempestuosa aferrada a lo más gris y lo más chato, una ventana de tren demográficamente abundante, un cristal empañado.

Y si no qué, y si basta cómo.

Y si el fin de la energía de mis pasos sobre veredas rotas y si nada de ternura contra tu cara. 

Si estallara la esperanza. Si nos reunimos y decidimos que no hay tanto que hacer, nada que esperar y nadie a quien amar. Si lo dijéramos, si decretáramos, entonces qué, después qué.

No se puede hacer poesía después de Auschwitz. No se puede hacer música después de los desaparecidos. No hay. No hay más varón que lea. Ya no hay mujer que cante.

Que se despierten los muertos, que se desborden las venas. Que el hambre dé frutos y la pobreza derroche estrellas. Que basta. Que no. Que ya no.

Laten las morochas, caen las hojas, se apilan las fotocopias. Leemos.

Escribimos. Cantamos. Porque no queda otra que bordar en mi piel el trazo de la historia, que salar las heridas y condimentar los minutos irritantes del sueño y del hastío y de la puta muerte insípida que acecha en las pantallas.

No queda otra que empecinarnos en esta aventura infiel de destruir todo, de botar todo, de quemar todo y después y con amor y con paciencia y con sonrisa y con ternura, con papelitos, con Voligoma, agarrar y ponerse a armarlo de nuevo. Y amarlo todo. Y amarlos todos.

Y hacer todo, y ponerle nombres nuevos y entender que esos nombres no alcanzan, y enojarnos y llorar y levantar el puño contra el cielo y hacer barro fértil a fuerza de lágrimas agrias. Y rompernos, y hacernos de nuevo, y amarnos de nuevo. De nuevo.

Y bailemos, porque después esto, después nada. Porque los pinceles, porque las guitarras, porque las lapiceras tienen que escribir sobre Auschwitz, pintar el Guernica, cantar y exorcizar  las Dictaduras. Y dejarse caer entre labios tibios.


sábado

alejándose
Se despega de la cama, arranca de sus ojos lagañas y pesadillas. Descubre en el cielo olor a miedo. Camina. Cubre su cuerpo con ropa arrugada, estira los bordes, acomoda el cuello. Sale a buscar miradas.
La primera, silenciosa y suave, la guarda en un sobre azul. La segunda, chiquitita, en una tapita de gaseosa. La siguiente irá a parar al espacio entre las dos partes móviles del compás, aguda y precisa.
Luego, una mirada fría y quieta, queda allí entre las nubes violetas de ese jueves incesante.
La mirada calma y dorada de la que no lo miró dos veces se guarda sola en el cajón de la mesita de luz, con otros secretos pretéritos, una duda a contramano, un costurerito y aquella media sin par.
El reflejo de los ojos luchadores y anónimos que le golpearon la conciencia esa madrugada de junio hablándole de trabajo y de dolor están en el bolsillo de la camisa, cerca del órgano latidor.
La distancia entre esa mirada gris que lo condenó al fracaso hace muchos años, y que sin saberlo ni quererlo impulsó su vida de buscador incesante, la distancia entre esa mirada gris y la suya está guardada con llave en una caja marrón detrás de la tele que hace mucho que no enciende.
Pero la de ella, la mirada de ella, no se queda quieta. Insistente y colorida, elástica y tierna, lo golpea en todo el cuerpo, lo busca en todos los minutos, lo destroza en todos los rincones de la ciudad redonda. La mirada de ella no se deja, inaccesible pero insatisfecha. Inasible y demasiado cerca. La mirada de ella atraviesa todo lo que él mira, las palabras que lee, las vueltas que da su sacapuntas alrededor de sus lápices, sus sueños más vergonzantes.
 Su mirada es un cuchillo de cocina clavado en el estómago, un caldo frío, un auto que atropella a un perrito en una noche de lluvia y no se detiene. Ella, sólo ella, lo paraliza y sostiene su esperanza. Lo mira y lo mantiene vivo, lo amenaza de muerte, secuestra sus ilusiones y vuelve a prometerle alquimia. Ella sin hablar lo cuestiona y lo enferma, y lo detiene y lo alimenta.
Él recorre con las manos su propio cuerpo. Toca y busca y palpa, escucha, busca, de dónde viene, por qué será ese dolor, esa herida abierta. Dónde está, cómo curarse. Cómo aquietar, cómo guardar de una vez la mirada que le falta.