Love is her best dress.

She never find a night good enough to wear it.

domingo

tu fe te ha salvado


¿Qué es Pascua Joven para mí?


Pascua Joven para mí es una frase: Nunca te vimos tan contenta. El año pasado pasé los tres días de Pascua bastante enferma, con una gripe como no recuerdo otra. Mocos, fiebre, mareo, combo completo. Parecía un zombie de Walking Dead y lo sabía. Pero después de la fiesta de la vida me encontraron unos chicos que me conocen del colegio en el que trabajaba y me dijeron: Nunca te vimos tan contenta.

Pascua Joven es eso, que se me note en la cara la felicidad, la libertad, la energía que me da la Resurrección. Es un efecto especial que transformó todo lo que hago, digo y amo. Es el reflejo infinito de ese encuentro con Jesús que me cambió la vida, que se va haciendo más intenso cuando veo que otros chicos viven ese encuentro y les cambia la cara, les da una mirada más clara y una sonrisa más potente, cambia la forma de caminar y sobre todo: la forma de abrazar.

Pascua Joven para mí es una historia de abrazos. Los que se dan a distancia; un abrazo que se transforma en una ronda gigante, en el pogo más feliz del país, en darlo todo en el estribillo de una canción que se hace el leit motiv de mi año. Pero también, y más que nada ese abrazo que se da cuando rezo con mi amigo que llora, el abrazo de Jesús en el desierto y desde la cruz del dolor y los del sábado a la noche, el abrazo de paz eterna en el que nos encontramos con cada amigo y cada desconocido para agradecer, para perdonar, para estar juntos.

En Pascua Joven abrazo mi historia y la historia de mi gente. A mis papás y a mis hermanos, a los que ya no están y extraño mucho, y a mi comunidad y a todos los que no tienen todo lo que necesitan. Sano mis heridas, tomo decisiones y recupero fuerzas para seguir el camino de aquello que elegí y amo hacer. En Pascua Joven me animo a soñar en gigante y a soñar de a muchos. Pascua Joven es la canción que cuenta mi historia de fe, es un cuento de muerte y resurrección que necesito releer cada año, inevitable como soplar las velitas en mi cumple o brindar en Navidad. Es una onda expansiva de amor revolucionario. Es la búsqueda apasionada de mundos mejores. Y es no volver a estar nunca más sola. 

En el momento más terrible de mi vida pensé en Pascua Joven, y creí que no volvería a ser para mí nunca más. Que de ningún lado saldría la fuerza para volver a cantar, saltar, reír y vivir como antes. Pero Pascua Joven es para todos, siempre. Pascua Joven es la fiesta de todos, y el amor que opera en esos días puede con todo. Y no fue de repente ni mágico, fue a través de encuentros preparando encuentros con los referentes, reuniones con los coordis, lecturas, charlas, misas, tiempo, ponerle palabras a lo que me pasaba… esa Pascua, la del 2009, me devolvió la vida y me devolvió a mi casa, y me devolvió a mí misma.

Cada Pascua tiene su propio sabor, según el momento en que me encuentra y la forma en que decido y puedo vivirla, según cómo la rezo, con quiénes la comparto más. Pero todas las fotos que guarda mi cabeza de Pascua Joven tienen un color especial, una luz diferente, el destello que tiene lo más sincero y enorme que viví. Sé con certeza que Pascua Joven despliega mi potencial y me permite encontrar palabras, ideas, fuerza y confianza en mí que yo no sabía que tenía, que es un lugar y un tiempo que desborda mis límites y mis defectos y me desafía cada vez más a dar hasta el final. Pascua Joven es de una vez y para siempre, y cada vez que sea necesario. Pascua Joven es la mejor versión de Flor. 

Esta noche no (inconcluso)

Refregó la crema antiage entre sus ojos y sus sienes y sonrió sin mostrar los dientes. Si durante esta mañana hablaba con la que había sido diez años atrás, debía agradecerle su constancia, su paciencia y su capacidad de proyectar. 
Había sido y estaba siendo todo lo que había querido y buscado ser. Vivía en cada rincón y en cada instante lo que había planificado en cada ensoñación sobre el pupitre de su secundaria. 
Decoró con buenas notas, ejercicio, novelas y algo de inteligencia suave una belleza mansa y una simpatía despojada de ingenio. Había sido una niña que no hacía preguntas, una adolescente que no tenía ni causaba problemas, una amiga comprensiva, y ahora era una ciudadana tolerante y una esposa colaboradora. En todos los sentidos. 
Cecilia tenía 32 años, un marido, dos hijos y un perro. Cecilia, Ignacio, Franco, Valentina y Sancho. Sancho, el perro. 
Ese había sido su mayor atrevimiento. Una hipertextualidad semiliteraria; "Ladran, Sancho". La siguiente y última ruptura con las convenciones era llamarlo tiernamente, Panza. 

Cerró la puerta del auto con firmeza y sonrió mostrando hasta la segunda muela. Dientes parejos, nacarados. No sabía cómo había llegado hasta ahí. No tenía recuerdos ni esperanzas. Todo le salía bien, no ostentaba complejos ni temblores. 
Ignacio tenía 35 años, una familia y un trabajo. Buen amigo y mejor profesional. Un tipo sano y dinámico. Simple. En todos los sentidos. 
Su única debilidad era un fanatismo frío por el Sudoku y su mayor pasión era el folklore futbolero que, sin maldad ni reflexión, despertaban un enano facho medio pelo en él. Un gesto machista, un destello nacional.

Por eso él 

viernes

toda la ternura de tu acuario.

un cachorro dormido descansa su cabeza levemente en el suelo y sus orejitas rozan el parqué. 

la cosquilla que produce la cortina atraída por la brisa de primavera que se colorea con el sol.

una niña de trenzas largas se balancea en una hamaca cuyo soporte es un árbol añejo. 

una canción en sol comienza con el rasgueo laborioso de una guitarra criolla.

el sentido y la dirección de la mano de la joven que se acomoda el pelo suavemente detrás de 

la oreja, como para escuchar mejor. y tiene una perlita.

el dolor calmo y testimonio de una abuela que vio morir vidas jóvenes, y cuyas lágrimas trazaron arrugas sabias.

la caricia de la arena tibia en las manos o en los pies con los ojos cerrados.

una mirada compasiva que trata de adivinar el motivo de un llanto ajeno en el colectivo.

la luna llena que se descubre yendo en tren entre las estaciones de Haedo y Morón.

un bizcochuelo sale del horno y se tranquiliza en el borde de una ventana tapado con un repasador.

La ternura se posa en más rincones que los soportables y me lleno de lentes oscuros para que no me encandile. Y es que todos, en alguna medida chamuyamos, histeriqueamos, especulamos para que la ternura no se abra camino a nosotros. Es un mecanismo de defensa contra la felicidad plena que debe ser levantar vuelo sin amenazas ni finales pendientes. 

Siempre quise ser la chica que se mueve ridículamente pero se silencian los sonidos y me ves en cámara lenta y con una canción dulce de fondo y todos saben, del otro lado todos sabemos que te estás enamorando. Pero no fui, ni soy, y probablemente no seré más que aquella que entiende de tus males históricos y justifica tus vicios. 

Debe ser que (me) asusta tanta claridad, y ponemos filtros para -qué paradoja- retener lo turbio. Muros, alarmas, candados, luces de emergencia, libros de quejas, reglamentos, maquillaje, corpiños, desdenes, edulcorantes, libretos. *fade out*




mi boca besará.