En las vigilias del viaje más grande que la vida me propuso hasta ahora, miro la habitación en la que estoy e imagino que entrás. Que te invito, o que llegás.
Hago prendedores y crucecitas y estoy rodeada de pilas de ropa y frascos metidos en bolsas.
Esto soy.
Cajas adentro de cajas, bolsas con papeles adentro.
Pilas y pilas de apuntes. Más libros por leer que aquellos leídos.
Finales pendientes, actividades inconstantes.
Frases inconclusas, palabras en el nudo de la garganta.
Intenciones que no concreté, debates que no llevé hasta el final.
Peleas que supe ganar una vez terminadas, sola y en la ducha. Hobbies sinuosos.
Un diario íntimo que nunca escribí. La desorganización de todos los relojes.
Las ganas de cantar bien y ser hermosa. Las ganas.
Esto tengo.
Un bolso de colores, revistas para ser bonita, un perfume más caro que yo.
Una biblia gastada, música de géneros difusos, una alianza de ideologías optimistas.
La mitología de varios pueblos, la religión que me dieron, las historias que leí.
Las elecciones que hice aunque no se podía, los chicos que amé, los besos que me quedaron.
Sin dar. Y sin recibir, esos también son míos.
Los pedazos de uno o dos corazones. Las heridas del mío.
La libertad de muchas noches sin dormir, la rodilla izquierda que me duele cuando bajo escaleras con tacos altos.
Esto hay.
Este caos, esta búsqueda, estos mates lavados.
Una sucesión desafortunada de llegadas tarde, un final abierto como el de Lost, el espacio entre la cama y la pared donde se pierden las medias, los anillos y un papel importante.
El destiempo afinado, un par de gritos y la mirada insistentemente un poquito más allá del horizonte.
En su tumba, si algún día muriera, dirá "Nunca se dejó querer bien". Y nunca pudo imaginar un amor sano.
Una piba que escribe con la mano izquierda, que se pone colorada cuando le hablan de vos, se agita cuando corre el colectivo y no se puede mantener peinada.
Incompleta, aproximada, limítrofe.
Huella, mapa, cosmos.
Love is her best dress.
She never find a night good enough to wear it.
domingo
Casi normales
No, no estoy
capacitada para emprender una crítica teatral y mucho menos me pondría a
sintetizar el argumento de una comedia musical.
Pero, como
otras veces, sigo el impulso de hacer reflejo de lo que vivo y me pasa y esta fue la
segunda vez que veo esta obra, que viví y me pasó.
La primera
vez quedé maravillada por la música, la precisión, la coordinación casi coreográfica
y la sensación de haber sido atropellada por un camión con acoplado. Mi primera
vez con Casi normales fue en el otro teatro, más cerca del escenario, con la “mamá”
original (ayer estuvo “la suplente”, masivamente increíble) y con la “otra”
hija, Florencia Otero. Esta vez, en el Nacional, en pullman, pude apreciar
mejor la grandeza de la historia y la maravilla de la escenografía en tres
pisos pero no me perdí de la fragilidad de las expresiones, las voces y la excelencia
moderna de las letras simples.
No importa
lo que a mí me pareció. No importa, la verdad, cuánto puedo apreciar de su
calidad, aunque el género de la comedia musical seguro es de los más exigentes
para los cuerpos de los actores y para sostener una historia sin que todo parezca
una pelotudez de maestras jardineras ni un abuso demagógico de rimas y agudos.
Estoy segura
que este diálogo entre posmodernidad y psicoanálisis que se juega hacia el
interior de una casita de clase media alta de cualquier ciudad del mundo puede
derribar los muros prejuiciosos de cualquier espectador, pero en mi caso, la
historia se hace en demasiados rincones eco de mi historia.
En la mirada
de la adolescente sobreexigida y exagerada que no logra descubrir a partir de
qué talento hacerse notar, que se desvela por visibilizarse, que busca la
perfección en un hogar en ruinas que no la mira. Tan clara como yo en segundo
polimodal, digamos, y seguro antes, y seguro después, una chica que hacía de
todo para merecer el amor y calificar alto en cualquier aspecto. Y que después
no se dejaba abrazar del todo, volverse frágil, dejarse amar.
En la
historia de amor que le da sentido al dolor, a la memoria y el perdón, muy
tarde y después de heridas injustas, inconveniente y vulnerable, la historia de
amor poco recomendable que es la primera oportunidad de la sanación.
En cada uno
de los vínculos inconsistentes y disfuncionales que sin embargo se van
resignificando desde la compasión, la empatía y la búsqueda de paz. Como de
agua en un desierto.
Pero sobre
todo, y lo entendí cuando mi hermana y yo llorábamos con sentimiento (así, con
ruido y respiración entrecortada), sin poder mirar casi, hace eco en mi
historia en la problemática del duelo no resuelto, del manual para poder
superar las pérdidas, en la permanente tentación de seguir bailando con las
muertes del pasado.
Porque sé
que una de mis mayores preocupaciones cuando se me fue de las manos un amigo,
cuando presencié y sufrí su muerte, era saber si era correcto mi duelo. Si mi
proceso era depresivo o negador, si mi tristeza era lo suficientemente profunda
o tal vez demasiado inmensa. Si incomodar con la historia a más personas podía
hacer mal a los demás, hacerme bien a mí. Si sonreír aliviaría a todos o si
estarían juzgando que tal vez estaba creando una patología en el corazón, o
incluso negando o incluso olvidando.
Porque sé
que aunque el acompañamiento profesional (o cualquier otra receta que
culturalmente parezca apropiada para tramitar una pérdida) puede ser bueno e
incluso necesario, que el dolor de uno afecta a toda una familia y a cada
ámbito, y que la vida no es más que la insistencia de alguien que te ama
incluso contra tu resistencia, que la resurrección es lenta, y progresiva y que
nadie te puede resucitar si vos no querés vivir, la memoria borda el dolor en
la historia. Irreversiblemente. Para que nunca olvidemos que estamos vivos, que
podemos morir, que nos morimos alguna vez, que el amor nos salvó y que pudimos,
contra toda esperanza, crecer.
Pude
entender, con el tiempo, que la casi normalidad es la única excepción posible a
la norma. La norma que existe sólo para incumplirla, el manual que solamente
nos daña, la mirada que exige respuestas uniformes a estímulos siempre nuevos.
Que vivir se parece más al teatro que a aquello que pueden afirmar los
científicos porque vivir es más salir a luchar con nuestros fantasmas, a
llorar, a cantar y a enamorarnos que a hacer la digestión o intercambiar
oxígeno.
sobre la verosimilitud del amor
"Digo que para contar lo improbable debemos usar un lenguaje improbable."
En mi vida, cualquier coincidencia de dos amores (el mío contra el de otro) me pareció extraordinaria, impronunciable. Escribí mucho sobre el desamor y la ausencia porque lo contrario, la intersección de dos caminos, la presencia y la continuidad me parecieron siempre impensables.
Siempre que me encontré de verdad con alguien, hubo ingredientes mágicos y hasta trascendentales. Nada de lo que sucedió en mi historia se dio sin el lenguaje inverosímil de lo poético. Todo lo que nos pasó, fue más allá de lo imposible y cuando lo recuerdo, me cuesta recuperar los detalles cotidianos y se quedan latiendo en mí aquellas solemnidades básicas que nos hicieron eternos.
Imposible alejarme de los arcos de los personajes de las sagas que me marcaron, nunca puedo leer mis amores a distancia de algunos versos, de las canciones que los musicalizaron, de las escenografías que habitamos, de las batallas finales de mi literatura fantástica.
Quiero decir que para mí reconocerme amada en una mirada poco tiene que ver con un tratado de física cuántica y todo con una novela rusa. Quiero decir que no hay nada de inverosímil en el amor, como no hay nada de inverosímil en un hechizo que puede transformar el agua en vino. Nunca el amor es real como quisiera Freud, siempre es un milagro inesperado, una experiencia extraterrestre, un espacio celeste, una estrofa inexplicable.
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