Love is her best dress.

She never find a night good enough to wear it.

domingo

pretérito imperfecto



pretérito imperfecto

“este domingo me va a arruinar la dieta”

Quería contarte todas mis anécdotas infantiles.
Quería discutir el tema de tu peinado.
Quería que conocieras todos mis vestidos.
Quería que comentaras toda mi ropa interior.
Quería que siguiéramos peleando sobre política.
Quería que cuando amaneciera, una sola vez más, yo estirara el brazo, y estuvieras.
Quería descifrar cada silencio, también esos silencios espesos que significan “todo mal”
Quería hacer turismo en todas las piezas.
Quería ver todos los links de youtube que me pasaste.
Quería que viajáramos lejos una vez.
Quería que te enojaras en serio conmigo.
Quería hacerme chiquitita y desaparecer debajo de una baldosa.
Quería que por lo menos hoy no sea tan invierno, ni tan domingo, ni tan yo, ni tanto gusto a vos.
No quería que me vieras llorar.
No quería mirarte la última vez.


...


Puntos suspensivos
No preguntes
cuántos espejos
me encandilaron hoy.


No hay principio, no hay final. No más que un par de puntos desparramados en una historia que es una bolsa de papel llena de ratos y besos. Muchos. Y de puntos suspensivos.


Los puntos suspensivos suspenden, dejan un espacio, abren el puente entre este ahora y el ahora de después, ese que tiene forma de promesa, ese que no es más que lo que no es. Ese que se llama todavía no. Puntos suspensivos que se extienden desde esta vez hasta la próxima. Nadie sabe por qué hay próxima, palabras en el medio, una cita impuntual. Otra vez, casi lo mismo, casi siempre cada vez mejor. Al principio novedad y sorpresa, después almohadas tibias y algo que en algunos países puede llamarse enamoramiento.


Proceso de puntos suspendidos, equidistantes entre sí. No sabe lo que pasa y no sabe lo que pasó, ella no estaba ahí. Ni contigo ni sin ti. Enamoramiento. Tiene dos o tres palabras ocultas que explican su contenido y en una cuasietimología describen la patología. No serán desarrolladas por su obviedad. Patología, problema, dolor, conflicto, choques. Correspondencias encontradas. La imposibilidad de que la ecuación sea perfecta, el logro del desequilibrio absoluto que nunca más se podrá armonizar.


La balanza destrozada, ella agita su cabeza llena de malestares por haber tragado frío y lluvia anoche, y por pasarse la tarde planeando una despedida. Después de haber degustado la sopa fría del domingo eternamente insípido y resfriado, se levanta a sonreír, porque no le queda otra que caminar las últimas cuadras de espalda, pero sonriendo. Para siempre lo escrito marca muros, traza agujeros en el espacio, llama a lo mágico, trae en el barco del recuerdo lo mejor de las vidas que no vivimos juntos. Pero es el último de los puntos suspensivos.
  
Está sola, para qué desarrollar nuevas hipótesis. Arroja apuntes una vez leídos a una pila interminable, aprende mucho y no sabe nada. Destroza la salud en inmadurez y desquicie. Cierra las puertas y se hunde en un vapor espeso de silencios rotos. Se encierra, se mira, da vueltas entre frazadas. Está sola. Punto final.



Tu noche de excesos,
tu feria de besos,
tu cara en la hora del té.

la germinación del poroto.-


La germinación del poroto

Intenta hacerse, otra vez, café. Tira el sobre del edulcorante adentro de la taza y su contenido, a la basura. Raspa el fondo de un frasco de café instantáneo. El agua le hirvió y la derrama salpicando una zona de la mesada. Revuelve con desdén y corre otra vez al lado de la estufa. El invierno es más frío cuando se queda en casa.

Diversos factores conspiraron a favor de esta hibernación de algunos días. Un dolor de cuerpo profundo –síntoma  gripal impostergable-, una pila de apuntes, un poco de desprecio por las salidas en general y una baja sensación térmica. Una propuesta que no llegó la podría haber sacado, aún así de ahí, de acá. Y no.

Con diversas capas de abrigos se arrincona con su taza, se enreda como un gato en un rincón y es cercana la felicidad a la seguridad que provoca esa trinchera perfumada, de fotocopias y lápices de colores. Una batalla de ideas entre reproductivistas y productivistas, pero ella es testigo cómoda del intercambio de ensayos y discursos.

Recuerda entonces que una vez hubo quien la educaba con historias antiguas y le contó la anécdota –probablemente inventada, pero ya es lo mismo, o siempre lo fue- que recorrió las academias del mundo hace un par de siglos. ¿Un par de siglos? Medidas aproximadas bienvenidas, el rigor científico aquí, como en casi todos lados es una payasada saludable a la que no me interesa arriesgarme.

La historia cuenta o contaba que, antes, allí donde comenzaba la universidad terminaba la vida. Y al entrar, este humilde estudiante que aprendía latín y cargaba manuscritos de monjes copistas zurdos agremiados en sindicatos de dudosa actitud de lucha, llevaba entre sus pergaminos, portulanos y delicados instrumentos de cálculo, junto a sus herramientas de orfebrería y sus elementos para hacer magia. Él lleva, decíamos, entre todo eso, un frasco. Un frasco de mermelada. En él está realizando la primera germinación de porotos de la historia.

A ella se le antoja llamar a este estudiante Adso nada más porque conoce otro, y sabe poco de nombres medievales para jovencitos.

Y Adso, ese, lleva su frasco a todas partes. Lo pone bajo su catre cuando duerme y en el marco de la ventana al amanecer, para que las vidas incipientes puedan fotosintear a gusto.  Cuando va a cursar, lo lleva consigo. Tema que la hambruna medieval convierta sus brotes en una ensalada. Habla con los porotos que van perdiendo su piel para dejar latir la nueva vida. Ha dejado de comer vegetales porque dice “que tienen alma”. Adso no sabe que está revolucionando la historia de la educación.

En los claustros universitarios los que no le preguntan curiosos, se alejan de él burlones o temerosos de que se trate de alguna nueva herejía. Él simplemente contesta que enrolló uno de sus pergaminos usados y colocó entre ellos y el vidrio del pote, dulcemente, unos porotos que consiguió en la cocina del monasterio. “Quiero ver el momento justo en el que estalla la vida, ese en el que todo empieza”

Ella se desdistrae e intenta leer un párrafo más de la historia de la historia. Estuvo todo el día con el mismo, oscuro y laberíntico artículo de historia social, y ya le empieza a quemar el corazón de tanto medievalismo, Ilustración, Foucault y Derrida. Se estira en el piso como un trazo que se dibuja en el margen cuando no se presta atención. Abre los dedos de los pies y rota las muñecas. El momento justo en el que todo empieza.

Ella sabe que el impulso curioso y renovador de Adso atraviesa la historia y está presente en otros muchachos confundidos y con cortes de pelo incorrectos (cfr. cabello de Adso en el Nombre de la Rosa peli).  Por eso intuye, atina a descubrir, ya cerca de la anomia propia de quien se arrebuja junto a una estufa durante varias horas, que no podrá entender nada de lo que no entiende.

Adso nunca supo que su experiencia enamorada de la vida vegetal podría alguna vez ser de ayuda para maestras de todo el mundo y de todas las épocas a la hora de explicar cómo empiezan las cosas, y cómo salen maravillas de semillas que de otro modo, se usarían en una sopa y/o guisito.  Adso registraba cada pequeño cambio en sus seres casi vivientes, se emocionaba y sorprendía por el milagro de la germinación, pero no imaginó, no explicó, no dejó escrito en ninguna parte qué haría o se podía hacer con las conclusiones de tal avance científico.

Por eso ella no sabe cómo resolver la moraleja de ese cuento. Quiere encontrarle alguna veta emocional positiva que le sume en los conflictos actuales.

Y es que la germinación del poroto, como todo evento vital es básicamente inesperada e inexplicable. Ella puso todas las cositas en su lugar, regó, sumó luz natural y hasta un poco de amor, aunque al principio no se llamara así. Pero la intención de sentarse a ver cuándo y cómo comenzaba todo se vio frustrada.

Es que fue imposible notar lo que pasó cuando pasó,
entender que ya era tarde,
insolarse de certeza para poder detenerlo.
Saturada como estaba de locura y de colores nuevos,
cómo podría desovillarse,
deshilvanar lo que ya era la primavera completa.
De a pedazos, de a silencios,
se fue pegoteando en la vida de otro.
Se fue dejando leer,
se fue abriendo al sol y al agua
y al abrazo y a otro invierno con él.
Entonces aunque de poca importancia,
aunque sin palabras de amor y sin rubor en las mejillas.
Sin poemas, sin fotos, sin declaraciones,
sin testigos
y sin ni una sola promesa.
Aún así, contagiada a los besos,
despertada en la oscuridad en la cama incorrecta.
Germinada. El momento justo en el que el poroto estalla, nadie lo vio.
Lo que pasó después, se llama milagro.